3.5.08

"IVIA"




La niña olvidó los colores alegres. Nunca dibujaba en colores, siempre lo hacia con tonos apagados, tristes, sin sentido... Ivia reflejaba su vida dibujando.
Nunca conoció a su madre. Nunca habló con ella, nunca la tuvo cerca...

Hacia poco que habían comenzado las clases. La maestra se había dado cuenta que algo le pasaba a esa niña. Su aspecto era desaliñado, permanecía aislada y silenciosa. Todos los días se la veía en el último banco del aula, y allí junto a la ventana, miraba los árboles desmedrados del patio de la escuela. Dibujaba, con colores apagados y sin vida. Simplemente dibujaba.


- ¿Y tu mama? – se le acerca Eduviges, su maestra.
- No tengo una mama... – contesta tímidamente la pequeña.
- ¿Por qué se te ve tan triste?
- No lo sé...

Ivia escapaba aquella tarde hacia su casa. En la misma, encontró a su padre bebiendo. Ivia quiso llorar, pero no pudo. Le tenía miedo a su padre, mucho miedo.


- Papa, la maestra quiso saber por que yo estaba triste... – le habla a su padre.
- ¡Tienes ya once años para deshacerte de alimañas como ésas! – le grita.
- La maestra se preocupa por mí...
- ¡Déjate de estupideces! Mira, ojalá nunca hubieras nacido! Eres la culpable de la muerte de tu madre!
- La maestra me ha dicho que no tengo la culpa de nada – Ivia responde con seguridad por primera vez en su vida.
- Entonces, ¿por qué murió tu madre? ¡Contesta!
- Se enfermó, yo no tengo la culpa...
- ¡Tú la enfermaste! Yo nunca quise tener hijos pero ella se empeño y llegaste tu, mala pécora, arrebatándomela para siempre!
- ¡La maestra me dijo que no tuve la culpa!
- ¡No me grites, mocosa insoportable! – le grita a la niña mientras se quitaba el cinturón.

Ivia había recibido golpes en su espalda. Su padre le había dejado la espalda marcada.
Ivia se encerró en su dormitorio y se puso a llorar.
Horas después, la pequeña abandonó su casa y se dirigía hacia la escuela...

Encontró a su maestra.

- Maestra, mi padre me pega... – dice soltando una lágrima de sus bellos ojos negros.

Eduviges miró la espalda destruida de aquella niña... Comenzó a sanarla acariciándole suavemente. Ivia sufría.
Luego la abrazó y, como susurrándole, le contó una historia...


- Había una vez una niña. Todos los que por allí pasaban miraban su cara y se encontraban con una expresión triste. En aquel pueblo pobre, se corrió el rumor de que había una niña que no sabía sonreír. Fueron muchos los que se acercaron a este lugar para ver a la pequeña. Ella seguía en su labor, con la cabeza gacha y los ojos acuosos por su llanto constante.
Una mañana de primavera, se le acercó una mujer de larga cabellera y vestido bordado. Aquella mujer supo contener a la pequeña, la acarició con sus manos suaves, recogió en sus dedos aquel amargo llanto, la abrazó junto a su pecho y la besó hasta el cansancio.
Día a día se encontraba con esta mujer. Día a día aquella niña aprendió a sonreír.
¿Sabes lo que le pasaba a la niña?.
- No lo sé, maestra... – contesta Ivia.
- Nunca supo lo que era el amor y la ternura hasta que aquella mujer se lo había dado. Tú eres otra niña triste. Yo cumpliré el rol de la mujer que le ofreció todo su amor y ternura. Te enseñaré que también existe el cariño.
¿Cuántos besos te han dado en tu vida?
- Mi papá nunca me ha besado, doña Eduviges.

La maestra besó a Ivia, la abrazó lográndole arrancarle una sonrisa...


- Ya no serás una niña triste!



Los años pasaron... Ivia quedo bajo la guardia y tutela de Eduviges, su maestra.
Su padre terminó en manos de la policía por maltratar a su hija.

Ivia aprendió a dibujar con colores alegres.
Ivia aprendió a amar.
Ivia aprendió a reír.



IVOGARCEV / marzo dos mil siete

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